Introducción – Oriente es Oriente y Occidente Occidente
A primeros de noviembre del 2022 mi amiga la psiquiatra Luz González Sánchez me comentó que estaba preparando una ponencia sobre el suicidio. El día 8 de ese mismo mes, en un momento de tranquilidad, hice un repaso somero a algunos de los tipos de suicidio característicos de China y se lo envié por si pudiera serle de interés. De hecho, me encontraba en las últimas etapas de la redacción de mi Historia Secreta de China, y me aparecían suicidios en las más diversas circunstancias. Ministros y esposas que se enterraban voluntariamente para acompañar a los reyes en el otro mundo, generales que se quitaban la vida para evitar la humillación de la derrota, funcionarios que lo hacían para mostrar la sinceridad de sus ideas políticas, monjes budistas que se incineraban como un supremo sacrificio y se libraban a la vez del cuerpo que les impedía alcanzar el nirvana, mujeres que se suicidaron por el temor a ser violadas durante las campañas militares; viudas que ponían fin a sus vidas antes que volver a casarse, y ciudadanos desesperados que lo hicieron, tras ser designados enemigos políticos, durante la violencia que se desató tras la implantación del régimen comunista en el siglo XX. La mayoría de estas historias reflejaban la cultura tradicional china, y mostraban que los motivos que empujaron a la gente a quitarse la vida, su consideración social, el escenario en el que lo hacían e incluso el medio utilizado, también eran características de este país.
Para mi sorpresa, cuando la curiosidad me animó a seguir investigando, no encontré ninguna obra que lo tratara en toda su complejidad, habiéndosele dedicado sólo un puñado de libros y estudios académicos a los suicidios de las viudas durante la última dinastía[i] y a los de los monjes budistas en la China medieval, pero ninguno que le describiera y analizara en el amplio espectro de la historia y la cultura china. Hay estudios que destacan la importancia del suicidio en su religión, historia y cultura, que exploran y analizan el significado de la vida y la muerte para los habitantes de este país en diferentes periodos históricos y su consideración bajo los diferentes sistemas filosóficos y religiosos, pero ninguno que incorpore toda esa información en un solo libro. J.J. Matignon (1936:61), que dedica gran parte de su libro al suicidio, ya dijo hace más de 100 años: “Se podría escribir un volumen considerable sobre el suicidio en China, ya que probablemente no haya ningún país donde este crimen sea más frecuente. Se encuentra en todas las clases y en todas las edades[ii]”.
Los materiales relacionados con el estudio del suicidio proporcionan además visiones alternativas de algunos conceptos del pensamiento chino o enfatizan detalles generalmente despreciados. Gracias a ellos tenemos ideas más precisas sobre la lealtad al soberano o al marido, los sacrificios para pedir lluvia, la muerte violenta como proceso de deificación, el drama de la violencia de género, las técnicas taoístas de autodestrucción, y las budistas de autoinmolación. Y sobre todo, el ambiente que llevó a millones de personas a sacrificar su vida por sus ideas, o por el bien del pueblo, por dejar un buen nombre o para evitar los sufrimientos.
El estudio del suicidio en China es un asunto complejo, pues abarca casi 4.000 años y situaciones muy variadas, pero a la vez es un proceso fascinante pues presenta al investigador (y al lector) nuevas y sugerentes interpretaciones de la historia y la sociedad, nuevos ángulos desde los que valorar y comprender su religión, nuevos datos también, con frecuencia pasados por alto, que abren nuevas ventanas a la comprensión de la vida de las personas que protagonizaron la historia. En realidad cada una de las facetas del suicidio nos presenta más preguntas que respuestas, abriendo nuevos campos al estudio de su cultura. Es por ello que en este libro mi objetivo fundamental ha sido encuadrar los hechos históricos relacionados con el suicidio en los aspectos religiosos o culturales que ayudan a entenderlos, proporcionando al lector información para entender las razones por las que la gente se quitaba la vida en diferentes contextos históricos y sociales. Pero los libros tienen vida propia y a veces toman su propio camino. Este es uno de estos casos, y sin poderme negar a la evidencia que mi propia obra me mostraba, se hizo necesario explicar cómo la consideración china del suicidio fue uno de los factores decisivos en la caída de la dinastía Qing, y con ella del régimen imperial.
Tanto el investigador de la historia como el especialista en la religión o la sociedad, descubrirán en torno al suicidio nuevas perspectivas desde las que observar su objeto de estudio, que facilitarán la comprensión de la arqueología, el arte, la literatura o la vida ritual, pues todos estos campos han sido modelados por los suicidios. Ya saben los estudiosos de las religiones chinas que la muerte violenta, en la guerra o por suicidio, fue el hecho central en la creación de los espíritus peligrosos o fantasmas, que a diferencia de los que mueren en la familia y convertidos en ancestros la protegen, pululan con el mundo pudiendo causar desastres a los humanos. La lucha y protección contra ellos es la esencia de las actividades religiosas en China.
El instinto de preservación de la vida, siendo uno de los más fuertes en los seres humanos, rodea todo lo relativo a la pérdida de la misma de un halo de misterio. No en vano postuló Albert Camus en su famosa obra El Mito de Sísifo (1985:1) “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Y aunque su afirmación se puede discutir, la importancia de este asunto es innegable. El estudio del suicidio nos permite comprender la visión que se tiene de la vida y de la muerte en las distintas culturas, del papel de las personas en la sociedad, de las ideas filosóficas y morales que condicionan dicha vida, así como de las distintas formas en que las personas intentan encajar su propia existencia en esas estructuras. El estudio del suicidio nos permite reflexionar por tanto, sobre las grandes preguntas de la filosofía: El significado de la vida, su relación con las fuerzas de un más allá siempre misterioso, y una comunidad familiar y social mucho más cercana. El estudio del suicidio es, por esto, una herramienta básica para el conocimiento del ser humano, y las variaciones que sobre este asunto se presentan en esta obra, una muestra de las originales respuestas que las culturas han dado a problemas determinados cuando se enfocaban desde paradigmas filosóficos o religiosos distintos.
El estudio del suicidio es, a la vez, el estudio de la muerte. El hecho más importante en la vida de las personas y el que condiciona, más que ningún otro, su existencia. Y al mostrar situaciones que fueron consideradas más importantes que la vida, este libro revela procesos culturales y religiosos originales, considerados exóticos por una sociedad que, en teoría, pone el valor de la vida por encima de todo[iii].
Sin meternos en muchas disquisiciones teóricas, en esta obra seguiremos la definición de suicidio formulada por el célebre sociólogo francés Émile Durkheim (2005: xlii): «el término suicidio se aplica a todos los casos de muerte resultante directa o indirectamente de un acto positivo o negativo de la propia víctima, que ésta sabe que producirá este resultado”.
En su obra, Durkheim clasificó el suicidio en tres categorías. El suicidio egoísta, que resulta de la falta de integración de un individuo en la sociedad o la familia. El altruista, que se da cuando se quita la vida por lealtad religiosa o política, a veces empujado por un sentimiento del deber o un entusiasmo místico; y el anómico, que también resulta de la falta de integración, y produce irritación, disgusto contra la vida en general o contra grupos o individuos en particular (Thomas 2012: 32; Durkheim 2005: 257).
Durkheim (2005: xlv) también señaló que el suicidio es un fenómeno contagioso, pues las personas con inclinación a hacerlo se ven fácilmente afectadas por la sugestión, y que cada sociedad lo valora de una forma en cada momento histórico. Posiblemente por esto, su concepción en la cultura tradicional china sea tan diferente a la de la antigüedad clásica o a la de la sociedad actual.
Hoy en día el suicidio ocupa un lugar central en la sociedad. Según la Organización Mundial de la Salud cada año se suicidan unas 800.000 personas en todo el mundo. El doble que las víctimas de homicidio. Por cada persona adulta que lo hace se calcula que otras 20 lo han intentado, y cada suicidio afecta íntimamente al menos a otras seis personas. Según este mismo organismo, el suicidio es la segunda causa de muerte para los jóvenes de entre 15 y 29 años, solo por detrás de los accidentes de tráfico (Trujillo 2021). En España se suicidaron casi 4.000 personas en el año 2024, y el suicidio es ya la principal causa de muerte por lesiones externas, y entre los menores de 30 años, la principal causa de muerte en valores absolutos. Un gran problema social, y un sufrimiento terrible para las familias afectadas.
En estos tiempos de mestizaje y globalización, con ciudades en las que conviven personas llegadas de los cinco continentes, se hace más necesario que nunca dar a conocer las características especiales del suicidio chino, pues amplificar la visión de este fenómeno ayudará a comprender mejor su consideración entre la población china y en otras culturas, su relación con los cambios económicos, políticos y sociales, así como las fuerzas históricas y culturales que llevaron a determinadas personas en el pasado a poner fin a sus vidas.
El suicidio en Oriente y en la antigua Europa
La valoración social del suicidio fue diferente en Occidente y en China. Mientras que en Occidente la religión cristiana que marcó la cultura y forma de vida, siempre (desde el siglo VI) condenó inequívocamente el suicidio, comparándolo con un asesinato, el pensamiento chino supeditaba la vida de las personas a los intereses de unos líderes, a la vez religiosos y políticos, que o bien se presentaban como representantes de los dioses (como los primeros reyes de la dinastía Shang) o eran directamente deificados (como los emperadores), considerándose el sacrificio de la misma una consecuencia natural del respeto que merecen esos líderes. Esa ideología contemplaba el suicidio como la respuesta correcta ante determinados dilemas relacionados con la lealtad al soberano o al marido, o como respuesta ante determinadas ofensas.
Pero en Occidente no siempre se estigmatizó el suicidio, en la Grecia pre platónica se valoraba cada suicidio según las circunstancias y motivaciones del protagonista. Para la época de Platón el suicidio sólo era aceptado en situaciones extremas, pero sólo la primera de las cuatro principales escuelas filosóficas de la época, los pitagóricos, los cínicos, los estoicos y los epicúreos, consideraba el suicidio como algo negativo. Las otras lo veían como un hecho perfectamente aceptable (Keck 1999). El antiguo ethos heroico permaneció vivo entre la gente y durante la guerra, los espartanos y otros pueblos ofrecían su vida gustosos por la victoria o ante la derrota. La cicuta estaba al alcance de la mano y en algunas ciudades, como Cos, se recomendaba que los mayores de 60 años la bebieran para poner fin a sus vidas (Young 1994). Políticas parecidas se seguían en otras ciudades griegas (el mundo griego presenta grandes diferencias de unas ciudades a otras), y es sabido que en Tebas y Marsella cualquiera se podía suicidar tras exponer su caso ante las autoridades.
En Roma, la influencia griega se mezcló con un ethos guerrero propio que despreciaba la muerte y la cicuta, fácil de conseguir para todo el que se lo propusiera, fue usada por muchos ciudadanos para poner fin a sus vidas. Un método tan sencillo (como siglos después el opio en China) que hasta los partidarios de la libertad de quitarse la vida reconsideraron su postura (Young 1994).
La oposición radical no llegó hasta la popularización del cristianismo, aunque en sus primeros años, cuando los cristianos eran perseguidos, se entregaban a la muerte sin oponer resistencia, “imitando el ejemplo de Cristo y confiando en la recompensa de la vida eterna. El emperador Marco Aurelio se lamenta en sus Meditaciones de la disposición cristiana a morir por pura «emulación»” (Ferrández 2021: 189). En realidad, muchos de los mártires cristianos técnicamente se suicidaron, pues no evitaron su muerte cuando tenían oportunidad de haberlo hecho. Ellos creían que el martirio era el camino más rápido al cielo, y sus acciones fueron aprobadas como modelo de conducta y sus protagonistas santificados (Hillman 1976: 33). Con su dominio del discurso social ya bien establecido, la línea entre el martirio y el suicidio siguió siendo muy fina. Agustín de Hipona advierte en La ciudad de Dios “el suicidio está prohibido, pero el martirio se consiente siempre y cuando la orden proceda de un mandato divino” (Ferrández 2021: 190).
A partir del siglo VI se equiparó cualquier forma de muerte voluntaria con el asesinato y el suicidio fue condenado en los Concilios de Braga (563), Auxerre (578) y Antisidor (590), amenazando al suicida con la excomunión en el Concilio de Toledo (693) (Young 1994: 695). Pero aún en el siglo XVII, seducidos por las descripciones del cielo, Teresa de Jesús y su hermano “llegan a escaparse para ir a «tierra de moros» a que los «descabecen», pero no llegan muy lejos, pues un tío suyo los encuentra y los devuelve a casa” (Ferrández 2021: 192).
En el mundo heroico de los pueblos primitivos de Europa, el suicidio era una prueba de valor. Los guardias de corps llamados soldurius, comitatus, o de otras formas, declaraban su fidelidad a un jefe, al que juraban no sobrevivir, pues era la mayor vergüenza hacerlo y retirarse del campo de batalla. Mientras que para esos jefes que les mantenían y armaban, y recompensaban con una parte del botín, era deshonroso ser superado en bravura en el campo de batalla. En la España pre-romana ese sentimiento heroico estaba especialmente arraigado, y Tito Livio refiere que, con ocasión de desarmar Catón a todos los habitantes del norte del Ebro, lo soportaron tan mal los hispanos, que “muchos se dieron la muerte, convencidos de que sin armas nada valía la vida. Los celtíberos consideraban un honor caer en el campo de batalla y los cántabros se suicidaban cuando eran inútiles para la guerra” (Peralta Labrador 1989: 75). Aun se estudia en las escuelas el final suicida al cerco de Numancia, cuyos habitantes, ante la imposibilidad de morir en combate contra las tropas romanas, “que los habían inmovilizado en su ciudad mediante un cerco férreo, decidieron prender fuego a sus casas y luchar a muerte entre ellos mismos por parejas de guerreros, arrojando al fuego las cabezas cortadas de los camaradas vencidos y suicidándose los últimos supervivientes, pues no soportaban la idea de morir de hambre y sólo concebían digno morir violentamente en combate mediante la espada” (Peralta Labrador 1989: 79).
Esto es una muestra de ese ethos heroico que llevó a los indoeuropeos a conquistar Europa y parte de Asia, gracias al valor rayando en la locura de sus jóvenes. Entre los celtas y los tracios, el suicidio era común y se trataba con gran ligereza. Ateneo cita a Seleúo: «algunos de los Tracios, en sus fiestas de bebida juegan al juego de la horca; y fijan una soga en algún lugar alto, debajo de la cual colocan una piedra que se gira fácilmente cuando alguien se para sobre ella; y luego echan suertes, y el que saca la suerte, sosteniendo una hoz en su mano, se para sobre la piedra, y pone su cuello en el ronzal. Entonces quitan la piedra, y el hombre que está suspendido, sin punto de apoyo, si no es lo suficientemente rápido para cortar la cuerda con su hoz, encontrará la muerte, mientras el resto se ríe”. Entre los Celtas, Ateneo menciona combates individuales por entretenimiento, en los que pueden incluso llegar a matarse unos a otros, así como la costumbre de poner sobre la mesa un cuarto trasero de cerdo, y que el hombre más valiente lo tome; y si algún otro lo reclama, entonces los dos se levantan a pelear, hasta que uno de ellos muere. Y Euforión el Calcidio, en sus Memorias Históricas, escribe: ‘Entre los romanos es común que se ofrezcan cinco minæ a cualquiera que decida aceptarlo, para permitir que le corten la cabeza con un hacha, a fin de que sus herederos reciban la recompensa: y a veces ha habido peleas para ver quién tenía más derecho a ser golpeado hasta la muerte (Summers 1926).
La sociedad china aprobaba ciertos suicidios
En la cultura china ciertas formas de suicidio eran consideradas heroicas y las personas que lo hacían eran a menudo respetadas y recordadas. Ese valor moral proporcionó al suicidio un papel muy importante en su sociedad, y un número asombroso de hombres y mujeres se quitaron la vida siguiendo los patrones de conducta tradicionales, siendo a menudo elogiados por su capacidad de sacrificio, y sus ideas reconsideradas bajo el peso que las había dado su muerte (Lindell 1973: 237).
Mientras que esos suicidios altruistas salpican las páginas de las historias de China, sus ciudadanos también se quitaron la vida por razones más prosaicas: por amor, celos, enfermedad, ante situaciones angustiosas, deudas, o por indignación tras sufrir humillaciones. Y para oponerse a ellos sí vemos, especialmente desde el establecimiento de las religiones budista y taoísta como ejes centrales de la cultura, una demonización del suicidio semejante a la de occidente. Y en los catecismos[iv] donde se propagaban los comportamientos morales, se amenazaba a los suicidas con penas infernales tan severas como las que establecía el cristianismo (Zhao 2020).
En China se pensaba que cada persona tiene un alma etérea hun y otra terrenal po, que tras la muerte, mediante los ritos funerarios, pasaban a vivir en el inframundo, visto como un reflejo del mundo real, con un gobierno tan burocrático como el de los vivos, o tras purgar sus pecados se reencarnaban en un nuevo ser vivo. Esto hizo que entre sus castigos, los más temidos no fueran los más dolorosos, sino los que implicaban la destrucción del cuerpo, como la decapitación o los diez mil cortes, pues privaban al alma de un lugar donde volver. Es igual que nadie haya explicado claramente como se podía volver a esos cuerpos muertos ya convertidos en polvo años después de ser enterrados, pero la creencia en su vuelta estaba generalizada. De hecho, los eunucos preservaban en formol sus partes emasculadas, para que fueran enterradas con ellos y mantenerse como hombres completos en su tumba.
La presencia de espíritus entre la gente estaba tan interiorizada, así como su capacidad de interaccionar con las personas, que muchos de los que se suicidaron lo hacían con el convencimiento de que desde el otro mundo podrían vengarse de sus enemigos en éste, a veces gracias al poder que una muerte violenta les proporcionaría. Pues en China se creía en la existencia de una vida post morten, que a diferencia de Occidente, no se pensaba transcurriera en un lejano paraíso espiritual, difícil de imaginar y conceptualizar, sino en un mundo semejante al de los vivos. Y esa creencia se recreaba continuamente mediante la comunicación con los muertos, especialmente con esos ancestros que protegían a sus descendientes, a quienes se sentía bajar a disfrutar de sus ofrendas durante la fiesta del Año Nuevo y otras ocasiones; aunque también con los espíritus hambrientos (de las personas muertas sin descendientes que les sacrifiquen) a quienes se hacían ofrendas colectivas.
En China nunca hubo leyes que prohibieran el suicidio. Durante las últimas dinastías (Ming y Qing) se castigaba provocarlo: “Todos aquellos que por alguna razón presionen a otros para que se suiciden, recibirán cien golpes. Los funcionarios y empleados que presionen a los plebeyos para que se suiciden[v] (fuera del ámbito de sus deberes públicos) tendrán la misma pena, y también pagar diez taeles para los gastos del entierro. Los que presionen a sus propios familiares para que se suiciden serán estrangulados[vi]; si presionan a alguien para que se suicide como resultado de una agresión sexual o robo, serán decapitados” (Hsieh – Spence 1981).
En realidad, la consideración moral del suicidio fue variando a lo largo de la historia, y aunque muchas de sus formas mantuvieron su popularidad, cada una define distintos periodos históricos. En los tiempos más remotos (hace 3.500 años) los suicidios más importantes eran los del propio chamán-rey cuando fracasaba en su tarea de llevar el bienestar a la gente y los de las personas que le acompañaban a la muerte. Posteriormente el rey y sus chamanas dejaron de sacrificarse, dando paso en los registros históricos a los generales derrotados, los ministros fracasados, y los primeros casos de su utilización como muestra de lealtad o prueba de integridad moral. Durante la dinastía Han (hace unos dos mil años) los suicidios más comunes eran los que el emperador permitía como una gracia a ministros y príncipes caídos en desgracia. Monjes budistas y practicantes taoístas tomaron el relevo en los primeros siglos de nuestra era, y desde el siglo XIII (dinastía Yuan) hasta el siglo XVIII algunos tipos de suicidio, como el de las viudas, fueron alentados por el Estado y abiertamente elogiados.
En Occidente parece que el dinero es más importante, y nadie considera moralmente despreciable al guardaespaldas que sacrifica su vida por la persona que debe proteger, al padre que la entrega por su hijo, o al soldado o policía que la ofrece por el éxito de la misión o la seguridad de sus compañeros. Algunas incluso se presentan como heroicas, como los soldados que tienen que luchar en las primeras líneas de combate, en las que el porcentaje de bajas que se esperan, hacen de esa lucha un suicidio. Pero al soldado se le convence que está luchando por la patria, sin dejarle pensar mucho en el significado de estas palabras.
Cuando se considera que dar la vida por la justicia, la revolución, la patria, los ideales, los padres o los hijos, es aceptable e incluso heroico, se está diciendo que existen razones por las que se puede ofrecer la vida. Y en un mundo en el que cada vez más personas deciden seguir sus propios criterios, cualquiera puede encontrar razones igualmente válidas para hacerlo. Una vez que la prohibición del suicidio no se presenta como absoluta, se abre la puerta a que cada suicida encuentre las justificaciones morales que considere suficientes.
El suicidio chino en las fuentes occidentales
La consideración china del suicidio ya llamó la atención a los primeros viajeros occidentales. Curiosamente, en la Historia del Gran Reino de China, de Juan González de Mendoza (1990), uno de los textos más influyentes del siglo XVI y XVII, el suicidio que se menciona es el de los presos y condenados en las cárceles. Uno apenas estudiado en la sinología posterior. Entre los escritos de los jesuitas que vivieron en China en el siglo XVII hay algunas menciones al suicidio, pues a pesar de sus intentos por presentar una buena imagen de China, no podían dejar de señalar la ligereza con la que sus habitantes se quitaban la vida (Botton Beja 1984), y aunque alababan que protegieran la castidad femenina, especialmente la de las viudas, no podían aprobar un suicidio incompatible con la doctrina cristiana (Amsler 2018: 44).
A Nicolas Trigault (1577–1628) le llamaron la atención los suicidios por venganza: “dicen que cada año hay varios miles de hombres y mujeres que se ponen un ronzal alrededor de la garganta y se estrangulan en medio de los campos, o delante de las puertas de sus adversarios, o se arrojan a los ríos, o se quitan la vida tragando veneno; y a veces por motivos muy insignificantes. Como los magistrados castigan severamente a quienes son acusados por los familiares del difunto de haber sido la causa de su desesperación, creen que no pueden vengarse de otra manera” (2005: 79). Y en las crónicas[vii] de los misioneros protestantes del siglo XIX, se destaca la frecuencia de los suicidios, y describen con asombro los de las viudas. El reverendo Gray[viii] (1878: 329) considera que “Los chinos son quizás más propensos al suicidio que los habitantes de cualquier otro país del mundo”.
Los chinos se suicidaban principalmente tomando opio, ahorcándose o ahogándose, generalmente empujados a ello por la inmoralidad o la indigencia, o dominados por los celos, la ira o la decepción. El suicidio por degüello era raro, para no destruir la integridad del cuerpo. Como creen que en el mundo de ultratumba vestirán las ropas que llevaban en el momento de su muerte, se ponían sus mejores ropas para poner fin a sus vidas (Gray 1878: 329-30). Algunas esposas jóvenes se quitaban la vida ingiriendo las cabezas de las cerillas, aunque sabían que la muerte por envenenamiento con fósforo era agónica. La ingestión de pan de oro o cloruro de magnesio, la ingestión de plomo, el corte de la garganta y el apuñalamiento en el abdomen eran populares, aunque se fueron sustituyendo por la ingestión de opio, debido a la facilidad con que se obtenía y la dulce muerte que provocaba (Bird 1899: 51).
Isabella Bird (1899: 52) cree que la mayoría de los suicidas eran hombres, que lo hacían como venganza y para causar daño a sus enemigos. En las mujeres a veces se debían a ataques de ira, la crueldad de las suegras, las peleas conyugales, las deudas, las pérdidas en el juego, el deseo de molestar al marido, el consumo extravagante de opio por parte del marido, la imputación de robo, ser defraudada en dinero, la falta de hijos, el temor al divorcio, o a ser vendida por el marido, la pobreza, etc.
La cultura china presentaba tantas razones para poner fin a la propia vida, que se puede decir que el suicidio es uno de sus rasgos distintivos, pues se relacionaba con generales y príncipes derrotados durante el cambio de dinastías, con guerras, emperadores corruptos y situaciones familiares desfavorables. Se describía como un acto de lealtad hacia el emperador, como una protesta moral y como una estrategia para hacer frente a las relaciones de explotación y opresión. Esta afirmación es especialmente ajustada a la situación en el siglo XIX, cuando el sistema imperial se tambaleaba. Un observador extranjero llamó a la China de ese tiempo la “Tierra de los suicidios” calculando que se podrían estar produciendo 500.000 casos al año (Ball 1906: 667).
La historia reciente de China muestra cómo el estudio del suicidio puede ayudar a descubrir las contradicciones de la sociedad. Hace sólo 20 años China tenía una tasa de 23 suicidios por 100.000 habitantes (Phillips et al. 2002a), mientras que en Estados Unidos era de 11 suicidios por 100.000 habitantes. El suicidio era la quinta causa de muerte, mientras que en EEUU era la décima (Zhang y Liu 2011). La diferencia en la tasa de suicidios entre China y Taiwán, Hong Kong y Singapur, contradecía el argumento de que la cultura china produce por sí misma altas tasas de suicidio, señalando por el contrario (1999: 37) que algunas situaciones causadas por las reformas iniciadas en 1978 estaban llevando al suicidio, como las pérdidas económicas debido a la creación de empresas o al juego patológico; el aumento de la infidelidad matrimonial y el divorcio; el abuso del alcohol y las drogas; el encarecimiento de la asistencia sanitaria; el debilitamiento de los lazos familiares y sociales; la emigración a las zonas urbanas en busca de trabajo; y la creciente brecha económica entre ricos y pobres, que provocaba mayores niveles de insatisfacción con la propia situación.
A finales del siglo XX los suicidios de mujeres eran especialmente frecuentes en las zonas rurales. Pues algunas jóvenes campesinas, con escasa educación y sin fuentes de ingresos independientes, lo veían como la única salida ante situaciones de angustia causadas por conflictos familiares. Muchas ingerían pesticidas, fáciles de conseguir por su uso en la agricultura, y su mortandad era más elevada debido a la formación inadecuada de los médicos rurales (Joseph 2019: 238).
Como si la realidad se ajustara a las proyecciones de la ciencia, la tasa de suicidios en China ha bajado espectacularmente en las primeras décadas del siglo XXI, estando situada en 2021 en 9,17 suicidios por 100.000 habitantes, siendo la de Estados Unidos 15,3 y la de España 7,73 (World 2023). Ese descenso ha coincidido con un mayor número de personas que abandonaron las zonas rurales en busca de mejores empleo, de esa forma muchas mujeres se liberaron de las restrictivas normas sociales del campo. En palabras de The Economist: «Trasladarse a las ciudades para trabajar… ha sido la salvación de muchas jóvenes rurales». La globalización ha salvado la vida de miles de ellas (Follett 2017).
Podemos acabar esta sección citando a Mao Zedong: “Cuando ocurre algo en la sociedad, no debemos subestimar su importancia. El trasfondo de cualquier acontecimiento contiene múltiples causas de su aparición” (Wu 2010: 194).
Esta obra
Esta obra se divide en dos partes. En la primera, la cultura del suicidio en China, comenzaremos presentando los tipos de suicidios que se realizaban en la dinastía Shang, que floreció hace más de 3.000 años, pues algunos de ellos se siguieron practicando hasta tiempos recientes. Continuaremos encuadrando el suicidio en los distintos sistemas religiosos de China, comenzando por la religión popular, donde descubriremos la importancia de los sacrificios de las chamanas y los herreros, la creencia de que el suicidio produce un espíritu poderoso y la forma en qué jóvenes suicidas acabaron siendo veneradas como deidades.
El suicidio en el mundo budista presenta una tradición de más de 2.000 años con algunos fenómenos extremos que muestran el desprecio por la vida en esa religión y la capacidad de sus seguidores más exaltados de donar su propio cuerpo, como los monjes que se auto incineraban como muestra de fervor, los fieles que se tiraban por los acantilados para ser recibidos por el Budha en su muerte, o los que lo hacían desde lo alto de un árbol tras pronunciar el nombre de Amitaba Buda esperando renacer en el Paraíso del Oeste. Veremos luego el suicidio en el mundo taoísta. Dado que sus filósofos habían tratado a la muerte como un proceso vital que complementa a la vida, se practicaron algunos suicidios originales. A veces disfrazados de un misterio que aseguraban proporcionaría la inmortalidad, sus cuerpos mortales eran abandonados tras ingerir drogas venenosas, o practicar éxtasis y ayunos extremos.
El estudio del suicidio en la religión imperial, con su ideología confuciana, nos va a permitir ver cómo las ideas sobre el suicidio moldearon la sociedad china, con esos conceptos de lealtad que a veces privaron a la sociedad de sus mejores hombres debido a los sacrificios de ministros valiosos, generales derrotados en una batalla, consejeros leales caídos en desgracia, de ciudades enteras que se inmolan en los cambios dinásticos, como lo hacen miles de ministros y funcionarios, y mujeres ante los cambios de su situación familiar. También pertenecen al mundo confuciano los suicidios causados por las complejas relaciones familiares de la China imperial, en las que la mujer sufría en algunas ocasiones la opresión de la familia de su marido, así como los causados por el amor, los celos, las violaciones o la compra de esposas.
Estos suicidios y otros relacionados con la cultura confuciana nos van a mostrar que el suicidio se había convertida en una grave enfermedad social, que estaba destruyendo los valores humanos desde dentro. Al encuadrar la cultura del suicidio con la convulsa situación histórica del siglo XIX, los datos presentados en el libro nos conducen de forma natural a la conclusión de que la concepción china del suicidio fue uno de los factores que contribuyó a la caída del régimen imperial. Tres tipos de suicidios convergieron para la destrucción de la sociedad: el culto a los de las viudas castas, que recreaban una sociedad ideal, ocultando la que de verdad poblaba el país; los suicidios por venganza y su utilización para extorsionar dinero a las familias que lo tuvieran, que subvirtieron la moral de las personas (capaces de matar a miembros de su propia familia por un beneficio) y de la administración (que hacía la vista gorda si también lo obtenía), y por último el suicidio para evitar la derrota, normativo entre generales y ministros durante los 2.000 años de historia china. Este tuvo dos efectos. Por un lado supuso la pérdida de los generales y ministros más leales, por el otro hizo que para los que ya habían dejado de creer en la legitimidad del régimen imperial, la forma más fácil de negarse a entregar la vida por el emperador era negar la derrota, y convertirla en una victoria. De esta forma, durante las continuas guerras que sumieron a China en el caos durante el siglo XIX, raramente conocía el gobierno central la situación real en los frentes de batalla.
[i] Como libros dedicados íntegramente a este asunto, son imprescindibles: Theiss, Janet M. Disgraceful Matters: the Politics of Chastity in Eighteenth-Century China. University of California Press. 2004. Benn, James A. Burning for Buddha. Self – Inmolation in Chinese Budhism. University of Hawai’i Press. Honolulu. 2007 y Wu Fei, Suicide and Justice. A Chinese perspective. Routledge, 2010. Este ultimo toca los suicidios contemporáneos en el medio rural chino. También supuso un hito en las investigaciones modernas el número monográfico de Nan-nü sobre este asunto coordinado por Paul Ropp en el año 2001.
[ii] Aunque él mismo cita a E. Vicente, que dijo: «El suicidio es un flagelo mayor en Japón que en China, la gente se suicida a cualquier edad, por cualquier cosa y por cualquier medio”.
[iii] La sociedad occidental de principios del Siglo XXI pone el valor de la vida del individuo por encima de todo, pero sólo si ese individuo pertenece a la sociedad, o a los grupos que dominan la misma, y sólo si esa muerte está relacionada claramente con una causa. Es por ello que se pone el foco en procesos que mantienen en vilo la vida de una persona, mientras se ignoran (o se provocan), cientos o miles de muertos lejos de las fronteras. Los muertos anónimos que los científicos aseguran que se van a producir en el futuro a consecuencia de las políticas que se adoptan ahora, desde el calentamiento global, la contaminación de las ciudades, el uso de agroquímicos, metales pesados en los alimentos, etc., tampoco cuentan por su condición de anonimato, pues aunque se cuantifique con precisión el número de muertes, no se puede precisar, con nombre y apellidos, quienes serán esas víctimas.
[iv] Como el Yu li de los budistas que mencionaremos más adelante.
[v] La preocupación por el abuso policial parece venir de lejos, pues en los textos legales de la dinastía Qin (221 – 207 a.n.e.), desenterrados en Shuihudi, ya se enfatiza la importancia de distinguir los suicidios de los homicidios encubiertos, así como advertencias a los policías que en el ejercicio de interrogatorios demasiado severos lleven a los sospechosos al suicidio (Barbieri-Low y Yates 2015).
[vi] Se refiere principalmente a las viudas, a veces animadas por la familia del difunto marido a poner fin a su vida para recuperar el patrimonio familiar que por derecho propio les correspondía a ellas.
[vii] Citaremos a más autores del siglo XIX en los capítulos siguientes, cuando hablemos de los suicidios de las viudas castas y los suicidios por venganza principalmente.
[viii] Dedica el capítulo XIII de su obra China: a history of the laws, manners and customs of the people íntegramente al suicidio.
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Sobre mí: Hace ya muchos años que llegué a China y desde entonces he compaginado mi tiempo entre los viajes y el estudio de la cultura de este país. Mis investigaciones más populares son las relativas a los caracteres chinos (Caracteres chinos: un aprendizaje fácil basado en su etimología y evolución), el Matriarcado en China (hay un libro con ese título), y las culturas de las minorías (Shangrilá). Puedes ver mis videos en Youtube, o mis fotos en Instagram (pedroyunnan).
En los viajes me he especializado en Yunnan, Tíbet, la Ruta de la Seda y otros lugares poco conocidos. Escríbeme si tienes pensado venir a China. La agencia con la que colaboro proporciona un servicio excelente y un precio imbatible. Tienes mi correo abajo.
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