Mujeres peligrosas en China, otra visión de la historia china.
He aquí algunos extractos del Prefacio de la autora.
Éste es un estudio sobre el lenguaje privado de las mujeres. En la China tradicional, ese lenguaje lo expresaban las mujeres de fuera: geishas, abuelas, guerreras, reclusas y demonios. Desde su espacio exterior, oímos a una anciana ridiculizar a un patriarca, a una virago reñir a un marido o a una artista negarse a entretener. Estas mujeres, por necesidad, miran a China desde el otro lado del espejo; su discurso es el reflejo no sancionado o la frase escuchada. Reflejan el caos y el instinto, hablan de la vida en clave menor; las oímos como personajes en la sombra que hablan fuera de turno, mientras crean el adentro-afuera del texto público. El lenguaje público en China recomienda y recompensa, enumera beneficios patriarcales y proyecta un mundo ordenado por la voluntad, las buenas intenciones y la decencia impuesta. El lenguaje público, sin embargo, aunque útil (como dijo Howard Nemerov), puede proporcionar una pista falsa: «El lenguaje público… nos impone un sueño público, una fantasía escrita en un lenguaje que no está ni bien ni mal… pero no aprovecha nuestra libertad de pensamiento al decirnos sobre qué debemos tener pensamientos, y al llenarnos progresiva e insensiblemente de un lenguaje bajo y aburrido para pensarlos».1
Por supuesto, algunos dirán que las voces privadas tienen poca importancia; las burlas y las quejas parecen un canon insignificante, que se puede ignorar sin problemas, en interés de los Grandes Pensamientos. Otros descartan esta prioridad; afirman que el contrapunto femenino es, de hecho, el que tiene sentido. Henry Adams pensaba que el lenguaje de lo femenino silenciado tenía más autoridad que todos los símbolos de grandeza que la modernidad estaba construyendo.
Recuperar su lenguaje – «trazar los canales de sus energías», como dijo Adams- ha sido una de las tareas de este libro. He intentado reconstruir su imagen a partir de diarios privados e historias locales, de la ficción popular y de los relatos imperiales; y, de hecho, a pesar de su vida tan poco oficial e incluso heterodoxa, ha sobrevivido en la prensa con una poderosa persistencia.
Habiendo afirmado que fue dejada de lado, debo reconocer que la historia, de hecho, abunda en ella: abuelas sanadoras, abuelas cómicas, abuelas alborotadoras y abuelas viudas; magoadeptas, guerreras adeptas, adeptas recfusas y poetas reclusas. Al igual que los estudios fotográficos en time-lapse, cada mito tiene múltiples identidades, como si se recreara a sí mismo en un halagador automimetismo, creando imágenes en la sombra y variaciones de sí mismo. Mi objetivo no ha sido, sin embargo, enumerar sus múltiples encarnaciones, sino más bien mostrarlas, enmarcarlas nítidamente para el lector, situarlas en sus mundos para que hablen con coherencia a los modernos; pues aunque estas encarnaciones no rehúyen el discurso directo, necesitan contexto. Para estas mujeres peligrosas, el contexto es doble: los uni versales del mito y la religión, y las verdades del paisaje cultural.ç
Aunque, al igual que Adams, estoy convencida de la gran importancia de estas mujeres, engordar mis explicaciones con un discurso elevado sólo serviría para enmascarar la propia elegancia natural de las mujeres e impedir sus vívidas maneras. Así que, después de situarlas en los patrones del mito y la cultura, así como en la textura más sutil de acontecimientos concretos, he tratado de apartarme y dejar que hablen por sí mismas, con la esperanza de que, mientras nos miran desde el mito y se desarrollan en la historia y la cultura, podamos sintonizar con la fina expresividad de sus vidas; y que, al apartarnos brevemente de esa gramática «baja y aburrida» del texto público, escuchemos más bien esos asideros y quejas y desafíos y reservas, todas esas encantadoras heroicidades de lo peligroso.
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