En la antigua China se creía que el mundo estaba infestado por espíritus hostiles, capaces de causar desgracias y enfermedades: Los genios de la naturaleza y los fantasmas hambrientos de aquellas personas que tras su muerte no habían recibido sacrificios de sus descendientes. Frente a ellos, los ancestros alimentados con el aroma de las ofrendas se mantenían ligados a la familia con el papel de protectores. La casa, el hogar, no sólo era una resguardo contra los elementos naturales, sino un espacio a salvo de los espíritus malignos. La presencia del perro en el umbral que la separa del reino salvaje, en el exterior; además de controlar a los extraños, evita la llegada de presencias fantasmales. Eso le convirtió en el sacrificio de elección durante los rituales de purificación de casas, templos, palacios y ciudades. Sus poderes apotropaicos, es decir para alejar el mal, se extendieron de forma natural a su sangre, sus pelos y excrementos, y desde tiempos inmemoriales, frotar con sangre de perro una persona, camino o puerta, fue tenido por un medio adecuado para evitar la intrusión de demonios y fantasmas.

En el pasado, muchos animales fueron considerados mensajeros divinos. Los perros, familiarizados tanto con las personas como con los espíritus, se mostraron especialmente competentes para transitar entre el mundo de los hombres y el de los dioses, convirtiéndose en protagonistas de numerosos rituales en los que el hombre anhela esa comunicación, utilizados para la curación de enfermedades y la resolución de otros muchos problemas.

Una de las más antiguas concepciones del universo le considera formado por tres niveles: el mundo celestial, el terrenal y el infernal o subterráneo, con ciertas comunicaciones entre ellos. Es una creencia generalizada que cuando las personas mueren en este mundo, en realidad se trasladan a otros mundos, antiguamente localizados en el interior de la tierra, y posteriormente en las alturas celestiales, mediante un itinerario que en último término conduciría al paraíso donde ya esperan los antepasados. Ese era un largo camino preñado de dificultades que las almas no pueden recorrer sin el mejor de los guías: el perro. Desde tiempos neolíticos el perro guía a las almas en sus andanzas en el otro mundo. La asociación del perro con la muerte toma distintas formas en diversos periodos históricos, que evolucionan desde la gloriosa epifanía del camino al paraíso, al control riguroso de la comunicación entre el mundo de los vivos y el de los muertos, y por último, a señalar con su mera presencia la próxima llegada de la muerte

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